martes, 11 de octubre de 2011

Cuestión de tiempo

La persistencia de la memoria - Dalí 1931
Hace un mes que "vivo sin vivir en mi y tan alta vida espero que muero porque no muero", igualito que Teresa de Jesús pero por motivos bien distintos y sin ningún deseo de morir a corto plazo. ¿Quién no ha tenido esa extraña sensación de querer que pase rápido el tiempo?
Esto ocurre y es innato al ser humano, las razones son bien diversas, desde el estudiante que desde abril solo piensa en vacaciones hasta la embarazada que suspira por fulminar las últimas semanas de gestación en un abrir y cerrar de ojos. Otra cosa bien distinta es cuando te toca la enfermedad de cerca, si el desenlace es previsiblemente positivo quieres que pasen los días necesarios para que la salud regrese y la rutina vuelva a protagonizar tu existencia, cuando el desenlace previsto es trágico, me han contado que la necesidad de acelerar el tiempo también acaba por surgir aunque prefiero no ahondar sobre ello, el desconocimiento sobre el tema me causa pudor y sinceramente prefiero que siga así.
Quizás debiéramos desterrar esta paradoja de nuestras vidas, todo tiempo es finito y acelerarlo sólo sirve para llegar antes a ningún sitio o parafraseando mi último artículo, a la nada. Me acuerdo mucho de nuestros hermanos del sur, esos eternos olvidados de los que tan a menudo hablo, esos que viven al margen de las fluctuaciones mercantiles, esos que tantas veces me han dicho una frase tan sencilla como cargada de contenido: "La prisa mata, amigo". Pues sí, mata. Le certeza de esta afirmación es indiscutible y es universal, un día debemos morir, ese gran invento regenerativo que elogiaba Jobs en 2005 es tan real como nosotros y por lo tanto correr solo sirve para llegar más rápido o por lo menos para tener la indeseable sensación en meta de la fugacidad de una carrera que no nos ha permitido disfrutar del paisaje.
Últimamente veo a todo el mundo muy apresurado, desde el comienzo de esta maldita crisis no se ha hecho otra cosa que ponerle fecha de fin y lo único que ha ocurrido es que la fecha pasa y el yogur, ya caduco, no hace más que agriarse. Un día deberemos dejar de aventurar plazos y pararnos a analizar el moho que brotó en las entrañas un sistema financiero putrefacto, entonces quizás descubramos la penicilina capaz de sanar a un mundo atropellado. Esta depresión también ha urgido a algún presidente a dar veloz finiquito a su mandato, reconozco una media carcajada al ver a su antagonista lanzarse con la lengua fuera hacía un ansiado destino que da por seguro, tanto es así, que no es que no le importen los días que aún le separan de su incómoda poltrona - a la vista está que no quiere saber nada de ellos - sino que en realidad se trasluce de su actitud y su ideario que los últimos ocho años no han sido para él más que una irreflexiva galopada hacía no se sabe dónde, pronto se dará cuenta de su error pero ya será tarde. Debo reconocer, sin embargo, que la celeridad hace extraños compañeros de cama, ha sido asombroso presenciar como dos personas distantes durante casi una década, en pocas semanas, han acordado casi todo en un caso de furor consensual sin precedentes que deberá estudiarse en las escuelas políticas, siguen sin tener nada en común pero comparten la prisa, un motor pasado de vueltas que esperemos no se gripe.
¿Entonces, qué hacer?
Creo que basta con sosegarse, para ello nada mejor que seguir otro de los consejos del desparecido y ya añorado fundador de Apple, nos miramos al espejo y tratamos de dilucidar si lo que nos espera hoy es lo que nos gustaría, de ser este, el último día de nuestra existencia.
Pero iré un poco más lejos, voy a tener la osadía de matizar las palabras del sabio. Admiro las carreras por etapas, requieren mantener la cabeza fría y confiar en el trabajo de equipo. Un ciclista se puede levantar con la pereza de tener que afrontar 250 kilómetros de una larga jornada de transición que no le aporta más que fatiga, él solo espera esa gloriosa subida a un puerto de montaña que marque la diferencia con los demás y le acerque a la victoria final. El ciclista nunca sueña con este tipo de etapa aburrida pero sabe que debe estar preparado para llevarla a cabo ya que sin ella no llegaría nunca a su objetivo.
Esto es lo que intento hacer, sacar el máximo partido a esos días insulsos que sin embargo son necesarios para lograr aspiraciones mayores y si no los puedo exprimir por estar realmente vacíos, trato de observar lo positivo que en ellos encuentro. El miércoles, tras el trabajo, me dirigí a un hospital, en mi estado de ánimo primaba el nerviosismo por lo que habría de suceder y el cabreo por tener que usar el coche - odio ese vehículo, sin moto me siento manco - sin embargo, puse la radio y escuché música, esto mitigó el enfado, y el atasco me permitió observar sin prisa el mundo que me rodeaba.
En pocas horas observé como  un hombre prestaba su ayuda a otro para cruzar la calle, vi en un puente sobre la autopista la silueta de unas niñas aparentemente felices bailando sincronizadas con una canción que sólo oía yo, una semi-desconocida me envío un ciberabrazo de ánimo que me llegó al corazón y le di un beso a mis hijos que dormían plácidamente cuando regresé a casa. De todo esto además surgió este post, el número cincuenta de un blog que por lo menos cubre mi ansía frustrada de escritor y por lo más me sirve para conocerme un poco mejor, puede que incluso me esté ahorrando dinero en terapia. Cuando recopilé todo lo sucedido concluí que el día me había dado una lección, que si prestamos atención el entorno nos ofrece experiencias que marcan un antes y un después.
Así que hoy, de nuevo, intentaré desterrar la ansiedad que genera la premura, creo saber lo que deseo a medio plazo para alcanzar lo que intuyo me gustaría a largo plazo, pero como solo es intuición y el camino cambiante, sólo me queda estrujar este martes que empieza como si fuese el último. El tiempo no suele dar segundas oportunidades  - con permiso de los neutrinos, científicos del CERN e Iker Jiménez - y el día de la marmota sigue siendo nada más y nada menos que una divertida parábola.



Como en otras ocasiones aprovecho para enviar un mensaje a todos aquellos que llevados por la presteza revolucionaría no están percibiendo que entre sus filas se esconden portavoces sabiondos, encorbatados sin corbata con amplias carteras, discurso tramposo y negocios boyantes que tienen como única pretensión acabar con el dominio político para someternos al económico por los siglos de los siglos. Yo ya les he calado, espero que vosotros lo hagáis a tiempo.
No sé si este artículo será o no acertado pero no me preocupa porque saberlo es sólo cuestión de tiempo.

In Memoriam Steve Jobs

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