jueves, 7 de junio de 2012

Fadhua

Fadhua
Pronto hará un año que conocí a esta niña en Jordania. Llevábamos tres horas caminando empeñados en encontrar un templo alejado del centro arqueológico principal de la antigua ciudad de Petra. Hacía rato que no veíamos a nadie cuando apareció ella, sonriente, descalza, corriendo, saltando, preciosa. La Niña se sorprendió al vernos, no debía ser muy común que llegasen viajeros a ese lugar, por supuesto se ofreció a ayudarnos a encontrar el sitio del que sólo teníamos una breve referencia en la Lonely Planet y ninguna indicación demasiado concreta. Al final lo encontramos y para ser sincero, sin desmerecer la belleza del entorno, lo más bonito que había allí seguía siendo la Niña, el templo por sí sólo no hubiese jamás justificado semejante caminata.

Sin embargo aquel trekking - ¡qué poco me gusta esta palabra! - fue una de las mejores experiencias de ese viaje y lo fue porque conocimos a la Niña, charlamos con ella, reímos con ella, nos mostró cada recoveco de su poblado. Vivía allí, en un pueblo excavado en la roca, una zona "viva" en la milenaria y supuestamente deshabitada Petra. Gracias a ella descubrimos más tarde que los autóctonos de esa tierra tienen permiso gubernamental para morar en ella, un lugar del planeta cuyo conjunto monumental es con justicia una de las Maravillas del Mundo, aunque para ellos sólo sea su hogar. Conocimos a su madre, una mujer curtida por los rigores del desierto, por haber dado a luz a no sé ya cuantos hijos, una mujer de mediana edad con aspecto de venerable anciana. Tomamos té, repartimos los huevos duros, cruasanes y bocadillos que convenientemente habíamos sisado esa mañana en nuestro hotel. Entonces, llegaron los sobrinos de la niña, poco menores que ella, y al olor de unos caramelos Smint aparecieron por doquier más y más niños extrañados por ese curioso sabor a menta que les producía un picor seguramente indescriptible. Y llegó su hermana, madre de algunos de los niños que nos rodeaban, mostraba cierto enfado en su rostro, imagino que quería saber quienes eran esos forasteros que rompían la paz de su pausada existencia ofreciendo cosas que ella nunca más podría ofrecer. Tras conversar con la anciana que no era anciana, su hija que también era madre dulcifico el semblante y se unió a nosotros. Después nos fuimos, dejando atrás un momento imborrable y las amplias sonrisas de unos niños para quienes, espero, ese día también fue inolvidable.




¿Y por qué contar esto hoy? Lo cuento porque todas las personas que encontramos tenían nombre aunque sólo sea capaz de recordar el de la niña, ella se llamaba y se llama Fadhua. Además de nombre propio tenían padres, madres, primos, sobrinos, hermanos y amigos, exactamente igual que nosotros y que sus vecinos sirios, esos a los que Bachar al Asad está aniquilando sin piedad en las provincias de Hula y Hama. Niños, jóvenes, mujeres y hombres que ya no podrán ayudar a ningún turista, si es que algún día los turistas pueden regresar a admirar Damasco o Palmira. El dictador está practicando con su pueblo el peor de los terrorismos, la peor de las pesadillas, la de tener al enemigo en casa y no encontrar forma de huir ni modo de echarlo porque nadie te auxilia. Lo cuento hoy porque estas niñas sirias fotografiadas ayer me han recordado a Fadhua y quisiera soñar que al menos tendrán mañana las mismas garantías de supervivencia  que tiene Fadhua.


Ayer Al Asad, además de perpetrar un nuevo crimen, cometió una afrenta contra la comunidad internacional en su conjunto asesinando mientras aún seguía fresco el aroma a fracaso que había dejado el emisario de paz Kofi Annan antes de abandonar del país. ¿Podemos tolerar esta barbarie durante un sólo segundo más? Podemos pero seremos idefectiblemente cómplices del genocidio. ¿Se atrevería el caudillo irónicamente licenciado en medicina a saltarse a la torera el juramento hipocrático y los derechos humanos si desplazásemos a los Cascos Azules? O se toman decisiones rápidas prescindiendo de las siempre insolidarias actitudes de Rusia y China o quizás seamos los ciudadanos quienes debamos tomar la iniciativa y desplazarnos allí en masa a modo de escudos humanos, por "utopiar" que no quede.

Todos estamos conectados, si no hacemos lo posible por defender los derechos de las Fadhuas de este mundo nadie más podrá disfrutar de una jornada como la que yo disfruté hace un año, un día que quedó almacenado en mi conciencia como uno de los mejores de mi vida. Ahora pensemos si lo que está sucediendo en Siria causa o no causa perjuicios globales...

PD: Dedicado a todas las Fadhuas de aquí y de allá

3 comentarios:

  1. Preciosa historia, Álvaro. La reflexión, como siempre, pertinente.

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    1. Gracias Pablo, si tú supieras el valor que otorgo a tus palabras....

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  2. Precioso y comprometido relato. Gracias Álvaro :)
    Un abrazo

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