viernes, 27 de julio de 2012

Raro

Tan raro como Groenlandia sin glaciares
Escribir puede servir para equilibrar, criticar, elogiar, soñar, evacuar o incluso malgastar el poco tiempo libre que nos queda si no nos dedicamos profesionalmente a ello. Este último caso es el único verdaderamente pernicioso y es el que durante un tiempo invadió mi solitario y caótico proceso de reflexión creativa convirtiendo un acto sincero, libre y automático en un camino angosto y embarrado que no dirigía hacia ningún lugar.

Podría achacar la mediocridad efímera de los soliloquios que perpetré a comienzos de año a la excesiva carga alcohólica del periodo navideño y posteriores festejos eneriles - ¿Por qué a todos les da por celebrar sus cumpleaños en un mes que debiera estar destinado a la introspección monástica?-. Podría también culpar de semejante tedio a la empalagosa sobredosis de compromiso político que colonizó mi vida desde aquella  primavera de 2011 que difuminó mi escala de valores e intereses hasta no parecer más que un resto de tiza en una pizarra borrada al igual que los inútiles procesos electorales posteriores difuminaron cualquier halo de esperanza revolucionaria. Podría esgrimir muchas falsas imputaciones pero lo único cierto es que algún misterioso evento provocó que comenzase a escribir lo que sospechaba podía interesar y durante un tiempo dejé de expresar lo que mi anárquico y turbio ánimo necesitaba expeler. Me dí cuenta un día al premeditar y comunicar sin pudor el contenido de un artículo semanal, el resultado fue algo que no pude publicar y auto-censuré sin piedad porque si no me encuentro yo en lo escrito no puedo pretender que nadie lo haga.

 Hoy todo ha cambiado pero me encuentro raro, siento la obligación moral de preocuparme pero son ya tantos frentes que temo dispersarme y no llegar a profundizar en ninguno de ellos. Raro por saber que la crisis no se terminaba en 2010 ni en 2011 ni mucho en menos en 2012, que todos los políticos, "analistólogos" y sabios en general que lo vaticinaban son una panda de necios cuya formación económica no es muy superior a la nuestra por muchas perogrulladas que escriban o cargos regalados que ostenten. Tanto monta, monta tanto Rato como Salgado, del falso milagro económico a los brotes verdes inexistentes, verdes de vergüenza estamos, tan verdes como el logo del funesto banco.

Raro por descubrir que la crisis no es mundial, o si no ¿por qué China, Brasil o Angola comienzan ya a blindar sus fronteras para protegerse de la emigración europea? Aquí lo que hay es una guerra fría post-moderna en la que un país con una moneda centenaria en decadencia necesitaba hundir la joven moneda de un continente decadente. Aquí lo que hay es una una lucha entre la revolución tecnológica que nos quiere llevar al futuro y el empeño de algunos en perpetuar el pasado con sus sistemas políticos obsoletos. Aquí lo que hay es un fraude burlesco masivo trufado de auto-engaño individual constante.

Raro por no sentir afección por ningún grupo político concreto mientras observo como algunos parecen seguir empeñados en idolatrar a los personajes políticos de sus amores como si de estrellas del Rock se tratasen. Las filias por supuesto van por barrios y las fobias también pero los razonamientos y argumentos del absurdo son idénticos. Unos viven ensimismados con el discurso demagógico de un líder regional, otros lloraron porque nuestros vecinos retiraron a un presidente con tintes napoleónicos, otros, aquí, siguen añorando al anterior o al anterior del anterior y unos pocos depositan sus esperanzas en mini-líderes despechados que no se sabe si van o vienen.

Raro por ver como Groenlandia se funde en cuatro días y al mundo le importa un rábano, raro por volver a leer por enésima vez como una mujer violada en Afganistán necesita protección jurídica internacional para librarse de una muerte segura, raro por ser cómplices de una guerra civil en Siria cuando nosotros mismos, hace no tanto tiempo fuimos también abandonados a nuestra suerte, raro porque uno de los mayores patrocinadores de las olimpiadas sea heredero quien acabó con la vida de miles de personas hace casi 30 años en Bhopal. Raro porque me consta que muchos jóvenes desempleados que no saben nada de deshielos, afganas, dictadores, primas o riesgos siguen dedicando más tiempo y entusiasmo a participar en castings para follar en directo o insultarse en un plató que a dotarse de las herramientas necesarias para redirigir sus vidas.

Raro en definitiva porque cada día se infringe un derecho de los declarados en el 48, porque en navidad no hubo espíritu navideño y en verano no lo hay estival, porque esta maldita crisis creada se ha llevado la ética, los valores y hasta las estaciones. Raro porque me dejé la inocencia por el camino y parece que ahora solo nos queda la fe, la fe que muestran los mercados al escuchar la palabra del señor:
"Se hará lo necesario y eso será suficiente"
Bendita resurrección mercantil. ¡Milagro del señor! (Del Sr. Draghi, claro).

¡Qué tiempo más loco! (Y no lo digo por la tormenta de una noche de verano que hizo que nos mojáramos y riéramos demostrándonos que necesitamos bien poco para ser felices, eso parece normal, aunque puede que también sea raro).


viernes, 20 de julio de 2012

Yonquis

El opio del pueblo es el pueblo
Gran parte de mi vida creí en la fortuna, la fortuna de nacer en una gran ciudad de un país desarrollado, en un entorno diverso y una familia plural cuyos miembros pertenecían mayoritariamente a ese cajón de sastre llamado clase media. Durante mi adolescencia descubrí que los sinsabores de mi niñez no eran relevantes en comparación con las frecuentes desgracias que sufrían todos aquellos que no tuvieron suerte en la pedrea de la concepción, fue entonces cuando decidí cargar sobre mis espaldas la responsabilidad de aprovechar al máximo las posibilidades derivadas de mi propia carambola vital. Pensé que lo responsable era explotar los recursos de que disponía, educarme cuanto más mejor, trabajar cuanto antes mejor, crecer rápido, formar una familia cuando tocaba y seguir creciendo para ofrecerle lo mismo que recibí. Y en esas estoy, como tantos otros, viviendo una vida destinada a construir recursos que mis hijos puedan aprovechar para repetir un ciclo vital de dudoso valor global y que ni siquiera tiene garantías de éxito porque ya nada lo tiene.

Cuento esto porque recientemente he llegado a la conclusión de que soy un yonqui, esto es importante ya que siempre se dice que el primer paso para solucionar un problema es el reconocimiento de padecerlo, lo bueno es que no me siento sólo, estoy conociendo personas que tienen la misma adicción, que también se han dado cuenta de su afección y que quieren corregirla aunque no saben cómo. Soy yonqui porque soy adicto a cosas que sólo me producen frustración y malestar aunque también breves momentos de euforia, el sistema está muy bien diseñado para de vez en cuando proporcionar un pequeño chute de amor propio que genera una falsa sensación de plenitud y bienestar. A veces es un ascenso laboral, otras, una subida de sueldo y las más, un bofetón de adrenalina que te ayuda a descender unas aguas bravas contaminadas de estrés con la falsa creencia de que tu piragua - tu trabajo - es un salvavidas que te hace sentirte seguro y a flote en una posición aparentemente erguida a salvo de remojones. Te repites que tienes suerte, que no tienes derecho a quejarte, que todo va moderadamente bien y que irá mejor porque la lógica así lo indica, en tiempos de bonanza era el orden natural de las cosas tal y como nos las enseñaron, en tiempos de malanza  las cosas sólo pueden mejorar.

Y así andamos, drogados y adormecidos por nuestra propia estupidez, muertos en vida, inconscientes de la existencia de otros, sólo pendientes de nuestro propio apetito voraz y las ganas de regodearnos una vez que lo hemos saciado. Mientras tanto, ellos aprovechan nuestro letargo para cambiar las reglas del juego una vez empezado. Cambiará el significado de la educación y no pasará nada, la segregación será nuestra ignorancia y ésta arraigará su perpetuación. Empeorará nuestra salud y no pasará nada, las pandemias vendrán y serán su coartada liberticida. Gravarán la cultura con impuestos de lujo, ya lo han hecho, nos quedaremos sin ella, será el germen de una contrarreforma borreguil soportada por su cine, sus libros y sus obras teatrales o musicales, porque sólo ellos las podrán financiar. Nos seguirán forrando a impuestos porque ese es el nuevo patriotismo liberal, arruinar al débil para arrebatar definitivamente su peso económico y por lo tanto social.

Y cuando nos enfadamos así respondemos, narcotizados, cada cual con su cacerolada, pitada, sentada, marcha o huelga particular, reclamando justicia por lo suyo sin tiempo para reflexionar sobre lo ajeno y recordar aquello de la unión. Y unidos, así contestamos, convocando grandes protestas mayiles, manifestaciones o huelgas generales que nos llenan de orgullo alimentando portadas, titulares y comentarios en redes sociales. La protesta social convertida en un evento mediático con escaso contenido ideológico, nula creatividad propositiva y esperanza de vida efímera, su repercusión noticiosa sólo aguanta hasta el siguiente estornudo mercantil.

Esta es nuestra lisérgica forma de ver pasar el tiempo, así llegan y se olvidan los profesores de verde, los mineros de negro, los bomberos sin manguera, los funcionarios sin esperanza, los periodistas sin soporte, los cines sin espectadores y los políticos sin vergüenza. Así pasamos del carbón al "que se jodan", sin pestañear. Así ponemos de moda los conflictos para después encerrarlos en la hemeroteca. Así es de fútil nuestra información, así dirigen nuestra indignación, así desahogamos nuestra ira y así mientras tanto no pasa nada de nada. Es el arte de incidir en conflictos nimios para despistar del principal, es la capacidad de retro-alimentar una revolución descafeinada que ni es revolución ni es nada. Es el arte de convertir lo superfluo en vital haciendo de la primera depresión del siglo un "Sálvame" diario.

Sí, vivimos la era de la salvamización de la democracia, la futbolización parlamentaria, la re-unificación de poderes y la narcotización de nuestros sueños. Mientras, ellos observan desde la poltrona el fruto del trabajo bien hecho, el logro de construir una sociedad de yonquis sin reconocimiento de causa. De nuestra capacidad de insumisión colaborativa dependerá construir nuestro particular "proyecto hombre" conjunto.

martes, 3 de julio de 2012

Tarde, mal y nunca

Me gusta viajar, siempre ha sido una faceta fundamental de mi vida, he viajado por diversos motivos y siempre me ha ayudado a encontrarme y recordar quién soy. Cuando recorro un país desconocido y me mezclo con sus gentes descubro lo minúsculos que somos y la relación entre todos nosotros como parte integrante de un mismo ser.
Existen 194 estados reconocidos de los cuales la gran mayoría pertenecen al limbo del olvido permanente, yo, por ahora, sólo he tenido la fortuna de conocer en mayor o menor medida 37, suficientes para saber que la desaparición de cualquiera de ellos provocaría daños irreversibles a la salud del planeta. Tenemos tendencia a asumir que lo que no conocemos no existe o por lo menos es insignificante, también lo hacemos con nuestro cuerpo, pocas veces pensamos en nuestros riñones, brazos u ojos, hasta que un día pasa algo que nos hace valorar su importancia. Efectivamente podríamos vivir sin los órganos y miembros descritos pero sin duda, no en las mismas condiciones.
Desgraciadamente, alguno de los países olvidados, en ocasiones pasa a primera línea informativa y cuando eso sucede suele ser porque ha ocurrido un desastre, normalmente un conflicto bélico pervertido por la distancia de nuestra superioridad moral. Nuestra indolencia funciona como acelerante y cuando nos disponemos a ayudar llegamos siempre tarde, mal o nunca. En esas ocasiones, entre imágenes y noticias sangrantes, siempre asoma el mismo pensamiento fugaz: he ahí un país que jamás visitaré, esas son las personas que jamás conoceré.

TARDE
A estas horas, el norte de Malí está siendo masacrado por unos degenerados sin escrúpulos que someten a sus ciudadanos sin piedad, actúan con total impunidad y se sienten legitimados para hacer y deshacer a su antojo. Dentro de muy pocos días, muy pocos, todo el país quedará a oscuras bajo el manto de un enorme burka que lo hará desaparecer de la faz de la tierra y por supuesto de nuestros periódicos. En este mismo instante, esos salvajes que se han hecho con el poder están destruyendo vestigios arqueológicos que durante siglos han presenciado silenciosos el transcurrir de la vida en el desierto entre invasiones, peregrinaciones e intercambios comerciales. Tombuctú cae y con ella los sueños de los viajeros que allí pernoctaron y las ansías poéticas de libertad de quienes un día quisimos perdernos en un lugar recóndito al que ya, probablemente, nunca iremos, y si lo hacemos, probablemente, no quedará nada. La única ocurrencia para proteger los templos de Tombuctú ha sido incluirla en la lista de la UNESCO con décadas de retraso, no se espera ninguna intervención internacional en la zona y si llega será demasiado tarde. Mientras tanto, los extremistas se ríen de nuestra burocracia y declaran irónicos: "¿ONU?¿Qué es la ONU? Yo represento los designios de Allah..."
Ayer:
Hoy:
MAL
Si malo es llegar tarde, peor es hacerlo sabiendo qué sucederá, y lo sabemos. A principios de siglo intervenimos en un país ya destruido, en Afganistán lo hicimos mal, muy mal, allí encendimos la llama del radicalismo en el siglo XX para ejercer de bomberos en el XXI cuando la población ya había sido masacrada, las libertades fulminadas y su historia convertida en polvo. Hace poco, alimentamos un avispero en Asia y hoy repetimos la jugada en el norte de África tropezando dos veces en la misma piedra, pero como son sus piedras - pronto sólo quedará eso - nos hacemos los despistados.
Esta foto fechada en el año de mi nacimiento ya no existe:
NUNCA
Escribo en esta ocasión sobre los horrores de nuestro tiempo sólo mostrando la perfidia "monumental" porque mis retinas no pueden soportar la imagen de más dramas humanos pero no olvido que la verdadera tragedía sigue siendo el desprecio por la vida humana, parece que a medida que aumenta el peso demográfico de un mundo ya de por sí sobre-poblado, se devalúa el precio de la misma. No llegué a conocer ninguno de los dos países anteriores pero el año pasado sí pude visitar Jerusalén, una ciudad que aún mantiene en pie su grandiosidad histórica. Quizá algún día, aquellos que sólo adoran un muro decidan que el resto de construcciones son impías y opten por su destrucción, por el momento se limitan a aplastar a un pueblo hermano.



Esto sucedió esta semana según denuncia B'Tselem y poco me importa si fue un vídeo premeditado o no, sólo diré que en todo caso la patada es un hecho y el agredido podría ser mi hijo. El año pasado mi mujer y yo fuimos retenidos en la frontera terrestre entre Israel y Jordania. Allí, a dos pasos del muro de la vergüenza pudimos comprobar en persona la "amabilidad" de unos macarras vestidos de uniforme que no dudaron en privarnos de nuestros derechos más básicos durante más de dos horas, separándonos al uno del otro y quitándonos todas nuestras pertenencias, documentación incluida. Si nos trataron así  nosotros qué no harán con ellos. Allí simplemente suceden estas cosas porque no es que hayamos llegado tarde, no es que lo hagamos mal, es que no hacemos nunca nada.

En cuatro días parto a Rumanía, un nuevo sueño, una nueva aventura y seguro que nuevas gentes y costumbres por conocer. Cuando lo cuento, recibo una pregunta que no por repetida deja de sorprenderme: ¿Pero qué se os ha perdido en Rumanía? Es entonces cuando logro comprender la causa principal de parte de los problemas que asolan este extraño planeta que habitamos, se llama indiferencia, cuando no displicencia.