jueves, 16 de agosto de 2012

Paréntesis

Entre paréntesis...
Llegó el momento de abrir un paréntesis. Debo abrirlo porque puedo abrirlo, soy afortunado. Ha llegado el turno de mi familia, son ellos quienes ahora me necesitan, a la vista está que deben necesitarme mucho menos que la empresa que me paga, o puede que el escaso tiempo que pasamos juntos sea comparativamente más productivo y eficiente que el laboral. En fin, mañana apretaré el botón de "pausa", ya que aún conservo mi trabajo podré hacerlo pero no olvidaré lo que me espera a mi regreso, nuestro regreso.

Cuando volvamos de vacaciones nos encontraremos de nuevo con más de cinco millones de amigos, vecinos o familiares que no han podido descansar porque no tenían de qué hacerlo a pesar de no existir peor cansancio que el de caminar sin rumbo, sin saber adónde vamos, cuándo llegaremos y cuántos más obstáculos encontraremos por el camino. Puede también que en el mejor de los casos, muchos de ellos hayan dedicado el estío a trabajar, recuperando la rutina añorada y ahora se reencuentren con la dura realidad del no-descanso permanente.

Regresaremos y quizás nos sorprenda leer algún estudio de la Confederación Española de Heladeros confirmando la extraña bajada en el consumo de este veraniego manjar, entonces puede que recordemos que 17 de cada 100 niños españoles han de conformarse con comer lo básico, están empezando a descubrir lo que significa la pobreza.

Encontraremos los coles vacíos porque los profesores no tienen más remedio que enfrentarse y protestar por el bien de nuestros hijos, los abuelos jubilados volverán a su trabajo no remunerado, cuidar y educar a sus nietos. Así, llegará el invierno y se repetirá la lucha del curso anterior por tener calefacción en las aulas, llegarán los Reyes de Oriente con menos regalos que nunca mientras nosotros seguimos tan desorientados como siempre.

Tendremos que acostumbrarnos a las nuevas modas, dicen que en la temporada otoño-invierno primará el material escolar vintage, los cuadernos reciclados y los peinados en boga serán las greñas desaliñadas o trasquilones caseros, a gusto del no-consumidor. También estarán muy de moda las epidemias otrora erradicadas y las salas de cine y teatro okupadas o reconvertidas en centros de distribución de Inditex o Mercadona. Seguiremos viendo como decrece el consumo de primera necesidad mientras sigue aumentando el del lujo, se difuminará un poco más la clase media y por fin seremos ese país de contrastes que tan llamativo resulta y tanto entusiasma al turista baratero, una nación de ricos muy ricos y pobres muy pobres.

Y todo ello gracias a que dentro de pocos días...

Volverán nuestros óscuros golondrinos
en nuestras Cortes sus culos a posar,
y, otra vez, con vergüenza a Europa 
rogando llamarán;
pero aquellas revoluciones que el aire refrescaban,
su impostura y nuestra dicha al contemplar,
aquellas revoluciones que aprendieron nuestros nombres...
    ésas... ¡No volverán!  (¿O sí?)

Pero eso será a la vuelta y sólo será si lo consentimos, por ahora abramos un paréntesis y por favor, no llaméis tanto al gobierno, no reprobéis sus vacaciones porque en su caso lo importante no es volver, lo fundamental sería que se quedaran. A los incrédulos, a los que creen que ciertas instituciones y personas son imprescindibles, les convendría preguntar a un belga, uno de esos que añoran ese año y medio en que vivieron sin gobierno. Yo lo he hecho y me han confirmado que pocas veces fueron tan felices y casi nunca funcionaron las cosas mejor.

(Abro un paréntesis para soñar con democracias cooperativas, economías solidarias, sistemas políticos comunitarios y quizás federalismo europeo. Utopías alcanzables en tiempos turbulentos, al fin y al cabo...)

Por supuesto quien desee regresar para seguir persiguiendo un Conejo Blanco cual Alicia, es libre de hacerlo...


PD: Valgan mis disculpas a Gustavo Adolfo Bécquer y herederos por la tropelía cometida con su rima.

miércoles, 1 de agosto de 2012

¡Pregúnteme!

Ha llovido demasiado como para que no nos pregunten...
Estimado Legislador,


Esta mañana, en puertas de uno de los veranos más tristes de nuestra historia reciente, reflexionaba una vez más sobre lo que nos ocurre y una vez más concluía que son tantas cosas que resulta difícil conformar una única idea general y mucho menos una solución de Fierabrás. Sin embargo, hoy le escribo para trasladarle una sola preocupación que me atormenta y que a continuación intentaré exponer.


Es ya de dominio público que este país atraviesa graves problemas, estamos en un momento clave en el que sin duda debemos afrontar un dilema similar a la cuadratura del círculo. Simplificando podemos decir que carecemos de una estructura industrial que nos permita generar ingresos y absorber empleo y por otro tenemos un exceso de gastos que nos lleva inexorablemente a la bancarrota ya que nos impide invertir en investigación para construir la estructura económica necesaria. El círculo vicioso está por tanto claro y por supuesto, nada más lejos de mi intención que hacerle a usted culpable de toda su ominosa circunferencia, no se trata ya tanto de buscar culpas como de encontrar soluciones, dejemos entonces de lado el tema de las desdichadas gestiones políticas que nos han llevado a no disponer de ingresos y centrémonos en el soporte legislativo que ha permitido que gastemos tanto y malgastemos más.


Usted se enfrentó en 1978 a un reto histórico, construir una Constitución que anclase los cimientos de una democracia creíble y resistente a la inefable querencia hispana al ordeno y mando. Es más, en este caso, a diferencia de las débiles bases legales de nuestra economía insostenible, usted sí puso empeño y sabiduría para conseguir que esta Ley Fundamental fuera sostenible en el tiempo -disculpe la reiteración pero como bien sabrá la sostenibilidad, no reconocida por mi corrector ortográfico, está en boga y yo soy muy de ironizar con ella -. Esto no es criticable y le agradezco el esfuerzo,  lo que no es óbice para que hoy me permita reprenderle, usted ha perdido el Norte hace tiempo y con la inestimable ayuda de algunos medios de comunicación ha logrado confundir lo sostenible con lo permanente. Nada es inalterable, Sr. Legislador, ni siquiera un marcador de fútbol aunque algunos comentaristas se empeñen en afirmarlo domingo tras domingo.


Usted, en efecto se ha creído que nuestra Carta Magna es eterna, quiero creer que lo ha creído porque en caso contrario creería que su empeño en hacérnoslo creer sería perverso. Pues no, Sr. Legislador, nuestra Constitución no es omniscia, ni infalible, ni mucho menos, garantía de salud democrática. Como le decía al comienzo, esta mañana me he dado cuenta de algo que me ha hecho reflexionar. ¿Sabe usted que el 65% de la población española no tuvo nada que ver con su elaboración o refrendo? Yo pertenezco a ese 25% de la sociedad que se supone sostiene lo que queda del Estado de Bienestar (aquellos que estamos entre 30 y 45 años, no lo digo yo, lo dicen sus estadísticas) y mi relación con su constitución es muy lejana. Pero no soy el único, todo aquél que sea menor de 52 años no ha tenido jamás la ocasión de opinar al respecto, más allá de emitir un voto cada cierto tiempo para consolidar un sistema que a todas luces está tocado y esto, Sr. Legislador, tiene que cambiar para no hundirlo.


Por todo ello, Sr. Legislador, le insto a preguntarme, no tenga miedo y pergúnteme. Pregúnteme, pregúntenos, si pensamos que el estado autonómico es el mejor de los estados, no se asuste, yo probablemente le diga que sí, que lo sigue siendo, pero si a los demás no se lo parece, habrá que cambiarlo. Pregúnteme si considero necesario mantener más de 8000 municipios, sus respectivas diputaciones y un senado que no representa nuestra territorialidad. Pregúnteme, no tema, en este caso le diré que no, que me parece un derroche sin sentido para un país que pide a gritos integrarse en una supranación llamada Europa. ¿Qué importa si le digo que no y otros muchos comparten la opinión? Se cambia la estructura municipal y ya verá usted como no sucede nada, más allá de liberar recursos en funcionarios políticos y destinarlos a funcionarios públicos, mucho más deficitarios, infinitamente más necesarios e indudablemente menos costosos.


Sr. Legislador, pregúnteme, sólo pregúntenos. ¿No le interesa saber si realmente deseamos mantener con nuestro dinero a la realeza? No se amedrente, yo aún no sé qué contestaría, pero si resulta que la gente contesta que no, que el tiempo de los monarcas salva-patrias ha pasado porque ya somos maduros para hacernos responsables de nuestros actos, imagino que usted hará caso y comprobará que hay muchas más repúblicas que monarquías y que no todas han de ser tan caras como dicen, es cuestión de austeridad ¿No se trata de eso?


Pregúnteme también si creo en nuestro sistema de asignación de escaños y puede que le abra los ojos a otros más justos e igualitarios, se han inventado muchos y otros tantos están por inventar. Pregúnteme por el salario de los responsables políticos, no vacile, tranquilo, no le rebajaré el suyo, posiblemente le diré que me parecen bajos, que quizá por eso roban a espuertas y que su responsabilidad vale  más pero que cuando lo valga, el castigo por defraudarnos deberá ser ejemplar. Pregúntenos cómo queremos que sea nuestra educación, nuestra sanidad, nuestra energía, nuestras infraestructuras, telecomunicaciones o banca. De verdad, no tiemble por posibles respuestas que hagan inasumible su función futura, para cuando debiésemos contestar a estas últimas preguntas, es posible que ya hubiésemos contestado a las anteriores, probable que usted hubiese tomado medidas al respecto y por lo tanto factible que dispusiésemos de recursos para poder convertir nuestros deseos, los de los ciudadanos, sean cuales sean, en realidad.


En fin, Sr. Legislador, que nada es para siempre, nuestra Carta Magna tampoco, deje de engañarse, deje de engañarnos, que esta Constitución es mejorable es un hecho porque en ella se encuentran las raíces de muchos de nuestros débitos. Que esta constitución será modificada es otro hecho, lo único que queda por saber es cuándo y me permito sugerirle que cuanto antes mejor, no vaya a ser que la cosa se pudra y pasemos de una reforma a una abolición.


Confíe en mí Sr. Legislador y pregúnteme, ya verá que no pasa nada, no me haga recordarle el caso francés, seguro que además lo conoce usted mejor que yo... Ahora que lo pienso, si sabe usted tanto ¿no será que de verdad me está mintiendo? No importa, pregúntenos, no se inquiete, probablemente el grado de embrutecimiento que tanto se han afanado en fomentar en este país haya llegado a tal punto que conseguirá usted que respondamos lo que quiere oír.


En todo caso, se lo suplico... ¡Qué diantre! Se lo ordeno: ¡Pregúnteme! O por lo menos piénselo durante las vacaciones.
Siempre suyo,


Los restos de Un Ciudadano.